Foto superior: campamento base
del Stok Khangri (5.050 m)
4-22.8.19
Tenía ganas de irme al quinto carajo porque los últimos viajes habían sido por España o por Europa. Quería algo exótico y lejano, y también hacer un trekking algo más largo de lo habitual.
La altura máxima a la que había estado nunca fueron los 5.000 metros de los Andes argentinos. Entonces no tuve mal de altura, pero aquella vez no estuve de pateada. Tenía curiosidad de ver cómo respondía el cuerpo y el tarro…
Lo estuve pensando un tiempo, pero decidí no ir solo a estas montañas porque me pareció arriesgado y, resumiendo, una bobada. La montaña ya es peligrosa e impredecible a 2.000 metros, así que para qué planteárselo a 6.000.
Destino: el Tibet indio. Políticamente, el Tibet es una provincia de China, dado que fue invadido ya en 1950, pero etnográfica, religiosa y culturalmente hablamos de Tibet aquí, en la región de Ladakh, en el extremo norte de la India. Y dentro del Tibet indio, hablamos de la cordillera de los Himalayas, techo planetario, y en concreto del Stok Khangri, a 6.153 m, como cumbre final.
El viaje fue organizado por Tarannà Trekking y guiado por Marco (guía principal) y Naresh (guía local). Dispersos por la geografía peninsular y cada uno de su padre y de su madre, los caminantes éramos once: Antonia, Montse, Carma, Jordi, Miguel, Joseba, Santi, Aitor, Fernando, José Antonio y el que escribe, samuro Fidelius.
Y dicho esto, empiezo la crónica:
Después de dos aviones (escala Helsinki) llegamos a la locura de Delhi. Catorce millones de habitantes y todos ellos pitando en los coches. Un calor brutal y una humedad extrema. Muchas zonas verdes y amplios espacios en Nueva Delhi, la zona pija de la ciudad, la de las embajadas (zona construida por los ingleses durante su ocupación). Mucha suciedad en general. Muchísima gente por la calle a todas horas, muchos de ellos parados en cualquier sitio sin dirección aparente, otros en puestos improvisados, o comiendo en grupos en medio de la calle ruidosa.




En Leh nos quedamos tres días para ir aclimatando progresivamente el cuerpo a la altura. Está a 3.500 m y es una ciudad de casas de dos o tres pisos que se extiende ampliamente por el valle. Está claramente tomada por el turismo pero, a diferencia de otras, conserva su identidad. Además es muy tranquila. El calor se hacía mucho más llevadero al desaparecer la humedad pegajosa de la infernal Delhi.
Llamaba mucho la atención la cantidad de casas que estaban construyendo. No se debía a ningún desastre natural cercano (hubo inundaciones pero en 2015), sino a un afán de desarrollo provincial y nacional, y sobre todo a un aprovechamiento del muy creciente turismo en una zona tradicionalmente pobre










Las inmediaciones de Leh están tomadas por los militares. Justamente en los días en que pululábamos por allí, hubo bastante tensión con el vecino Pakistán. La región de Ladakh se la disputan los dos países desde hace tiempo. Vimos bastante movimiento de helicópteros aquellos días y oímos que Pakistán había derribado dos aviones indios. Estábamos algo inquietos pero no había nada que se pudiera hacer, aparte de estar atentos a las noticias. De vuelta, leí en una web que había sido la India la que había derribado un avión paquistaní en agosto, pero también leí que en febrero había habido dos derribos por parte de los pakistaníes.













Y por fin empezamos el trekking
con gran ilusión de ponernos en movimiento.
¡Aupa Stok Khangri!

Segundo día, también ligero pero ya algo menos. Estamos a 4.100 m





El tercer día subimos 1.200 m de desnivel hasta el collado Kongmaru La, de 5.300 m de altitud. Mucha caña. El insomnio de la noche de tormenta me pasó factura y llegué reventao. 5.300 m: record de este samuro. Total subida: 5h 20′ + 2h de bajada hasta el campamento de Nimali






Para un trekking de once caminantes, se necesitaron dos guías, diez asistentes (muleros, cocineros, ayudantes) y veinte caballos. Es un poco vergonzoso, pero la parte positiva es el innegable desarrollo local. Además, a estos lugares apartados (esto no es el Annapurna aunque esté cerca) no se puede entrar si no es de esta forma.












Visitamos la escuelita del pueblo de Markha. La profesora era muy gentil. Le respondió a Marco que no había caja de propinas. Los niños más mayores (cinco de los siete totales) cantaron varias canciones en inglés. Los pequeños observaban sin decir nada. No había pupitres ni sillas, sólo dibujos y mapas en las paredes de la pequeña y oscura habitación. Una niña pequeña me recordó totalmente a Dalia cuando era pequeña, igual de guapa y de tímida pero en versión tibetana. Se lo conté en inglés a la profe, y ella se lo tradujo a la niña, que escondió la cabeza de pura vergüenza. Le dije a la profe que tenía que habérmelo callado y nos reímos.





Tercer y último día en la ruta del Markha. El paisaje es menos impresionante al seguir perdiendo altura. Bajamos pegados al río por el valle ancho, entre los grandes arbustos. A ambos lados del pequeño sendero, millones de las piedras hermosas de estos lares: blanquinegras, a bandas, de varios verdes, y las más características, de color morado (¿manganeso?). Me he forzado a dejar de mirar para abajo, porque me pierdo el paisaje de tanto buscar nuevos ejemplares para la mochila. Hoy cayó una lluvia media y constante que nos dejó totalmente empapados.






Al llegar al final del valle, en el punto donde teníamos que adentrarnos en una nueva garganta en la que estaríamos tres días y que nos conectaría con el Stok Khangri, entonces nos dimos de cara contra el cambio climático, que hace estragos en el Tibet. La garganta estaba anegada por una gran capa de barro. El dueño de los caballos se negó a meterlos por allí y Marco además nos comentó que era peligroso también para nosotros, dado que las lluvias y el barro podrían aumentar (o no) en los próximos días y sería una insensatez estar allí dentro. Marco empezó a hacer las gestiones para evaluar una ruta alternativa. Como siempre decía Joseba: «Con que lo diga uno, vale».
Por aquí vimos las huellas de la ya iniciada construcción de la carretera y el tendido eléctrico. La carretera ascenderá en el futuro por todo el valle del Markha, tal vez hasta el mismo campamento de Nimalin. Malo para la belleza natural y para los senderistas pero indiscutiblemente bueno para los habitantes locales. También es cierto que, para ellos, la carretera podría implicar una bajada en la afluencia de caminantes, pero también hay que considerar que los paisajes y la alta montaña son tan atractivos que cabe esperar que seguirán viniendo, aunque probablemente dejen de venir por la ruta del valle. Según Marco, lo único que pasará es que cambiará el perfil del visitante, menos deportivo y más cultural.
Día de esperar y tomárselo con calma. Busqué un lugar apartado y me dediqué a escribir un relato medio paranoico y a dibujar el templo que tenía enfrente



Al final, Marco decidió que lo más factible sería rodear la montaña y subir por la otra cara, desde el pueblo de Stok (3.800 m). Los caballos, libres de carga, accederían por otro lado y nos encontraríamos arriba. Cogimos un minibus que nos llevó a Stok en un viaje de tres horas por carreteras en construcción, con mucha gente trabajando bajo el sol, recogiendo pedrolos y picándolos a mano.







Después de un par de días algo tensos de ver qué se hacía (mirando todo el rato las predicciones climatológicas de un tiempo muy revuelto), por fin iniciamos la marcha, por una vía alternativa, al campamento base de Stok Khangri. De nuevo, día de 1.200 de desnivel, pero la noche pasada había dormido como deus y lo noté totalmente en la subida, que se me hizo suave y relajada. Una vez en el campamento, vimos caer, una a una, todas las predicciones.


Ninguno del grupo tuvo síntomas fuertes de mal de altura salvo Joseba, que el año anterior había estado también en alta montaña y no había tenido problemas. Es una lotería. Por mi parte, bastante bien, salvo el insomnio sostenido de la primera semana, una noche algo paranoica en la que me obsesioné con el ruido de los cencerros de los caballos, y alguna diarrea pero puntual. Todos, eso sí, notamos las limitaciones respiratorias (el aire no llegaba bien a los pulmones, no los llenaba), pero andando más despacio no había ningún problema.


El paisaje en el campamento era bastante impresionante, y más porque recién llegados el tiempo se fue recrudeciendo y empezó a caer más y más nieve. Los asistentes montando las tiendas, los caballos relinchando sin parar, tirados en el suelo. Barro, charcos y bastante frío. Parecía que habíamos llegado a un campo de refugiados. Comimos algo caliente en la tienda comedor y luego nos dirigimos a nuestras tiendas respectivas, dispuestos a pasar la tarde y la noche en medio de un frío intenso. Dormí como un ladrillo sin hacer caso a las fuertes sacudidas del viento sobre la tienda, pero a la hora y algo me desperté y Miguel me contó que la gente estaba nerviosa. El viento era bastante fuerte y las tiendas grandes (sujetas con barrotes de metal) se habían desmontado por precaución. Algunos querían bajar, se oían lloros y todo. Marco fue tajante: imposible bajar con este clima, había que relajarse y esperar. Nosotros, de hecho, lo pasamos bien con el follón. Las predicciones no se habían cumplido una vez más. Según Marco, éste había sido el trekking más difícil que él había hecho por la zona a lo largo de varios años. Estas tormentas no son normales, ni estas riadas de barro. El cambio climático está muy presente.



A media tarde, Miguel y yo salimos a dar un paseo. Había mucha niebla en las alturas. El paisaje, desolado y precioso. Dudábamos de qué pasaría el día siguiente, con la ascensión al pico programada y sin tiempo para posponerlo más. A medida que pasaba la tarde, el tiempo se fue abriendo milagrosamente y al final hasta salió el sol para iluminar las colinas justo antes de ponerse, dejando espacio a una maravillosa noche estrellada.



El plan para el día siguiente era que Marco nos despertaría a las cinco de la mañana si el tiempo era lo suficientemente bueno para andar. No hizo falta. A las cuatro Miguel y yo salimos de la tienda porque nos daba igual estar en cualquier sitio mientras no fuera allí dentro. La condensación del aire respirado había creado mucha humedad en el interior de la tienda (los sacos estaban mojados), y si bien no llovió ni hizo aire, la noche fue mala y difícil. Parte del grupo no quería salir, pero nosotros lo teníamos claro: todo con tal de moverse y hacer algo.
A las 5.50 salimos para el glaciar. Marco había calculado de dos a tres horas, pero lo hicimos en hora y cuarenta (Marco dijo durante todo el trekking que andábamos demasiado rápido). El glaciar estaba cubierto por las nieves de los últimos días, pero aún así el circo era hermoso, como un gran abrazo. Hacía mucho sol y la luz reflejaba en la nieve y oscurecía la piel de todos. En el glaciar alcanzamos la cota máxima de 5.300 m de altitud por segunda vez en el trekking.
Pese a que el día era bueno, había tal cantidad de nieve blanda, recién caída, que subir a la cima era impracticable. Varios grupos que lo habían intentado previamente habían vuelto con el rabo entre las piernas. En los últimos cinco días, sólo una persona lo había logrado: un sherpa que tardó nueve horas desde el campamento base. Se lo contó a Fernando: daba dos pasos y se paraba a respirar; luego daba otros dos pasos y volvía a pararse. Así todo el tiempo, las nueve horas, haciendo huella (surco) hasta la cumbre. La idea era preparar el camino para un grupo de alemanes que lo había contratado. El sherpa pensaba que ninguno de ellos se iba a atrever a hacerlo, pero subió igualmente. Si él lo hizo en nueve horas (aunque abría brecha, que es lo más duro), ¿cuánto tardarían los turistas, trece, catorce horas? En nuestro grupo, los guías habían ofrecido la noche anterior la posibilidad de hacer cumbre, y hubo dos caminantes que se lo medio pensaron (orgullo de mega-megas), pero era una demencia y al final lo dejaron estar.
Aaaahhh Stok Khangri, al final te escabulliste, pero sin duda alguna fue un placer absoluto haber andado por tus tierras; y cimas, ya habrá otras.






Un artículo que leí a la vuelta sobre el cambio climático en Tibet. Es de 2015, así que ahora las cosas estarán aún peor. Muy lamentable. En breve, no habrá vuelta atrás.
